Para llegar a la fábrica hay que atravesar una barrera y bordear las oficinas de la unidad de negocios. En las primeras horas del día, decenas de computadoras encendidas esperan a los nuevos cooperativistas. La sala de reuniones tiene un aire setentoso: sillones de cuero, paredes forradas en madera y una decoración retro redondean la escena. Bajando la escalera, la sala de máquinas. Abajo todo parece otro mundo: el clima de reunión deja lugar al bullicio de las máquinas. Otra escalera lleva al centro de diseño. Andrea Odone trabaja en la colección de hilados para prendas de damas. Cuenta que la cooperativa elabora telas para invierno en lanas y mezclas. “Trabajamos, por ejemplo, con sastrería fina, telas para chaquetas y para tapados, en muchas composiciones y en distintos pesos”, explica. Y enseguida pasa a detallar el proceso de producción: “Se confecciona el hilado a partir de las materias primas, y se procesa hasta la terminación. En algunos casos el hilado es importado”. Los diseños apuntan a la simpleza e incorporan las últimas tendencias de la moda. Italia, Francia, Inglaterra son algunas de las referencias.
La planta fabril, ubicada en el litoral uruguayo, es una contraseña de identidad, una pieza imprescindible de la historia y la cultura de los trabajadores de Paysandú. Por eso, la recuperación de la hilandería por parte de los trabajadores contó con el apoyo incondicional de los vecinos. Recuperada en octubre del año pasado luego de que el Banco República, propiedad del Estado uruguayo, adquiriera en un remate los dieciséis telares, 250 máquinas y el local por un valor de 2.750.000 millones de dólares, la fábrica pasó a manos de los trabajadores con un préstamo de tres millones solicitado al Fondo Nacional de Desarrollo (Fondes). La empresa dispone de dos años de gracia y recién a partir de 2015 empezará a pagar el préstamo con un plazo de 14 años. “Ahora sí, todo depende de nosotros, jugamos solos y en la cancha nuestra”, resume el presidente de la cooperativa -bautizada Cooperativa de Trabajadores de Paylana, Cotrapay-, Mauro Valiente.
En tren de ser dueños de su propio destino, los cooperativistas comenzaron a recibir nuevos pedidos, reconstruyeron la unidad de negocios integrando a los antiguos gerentes a la empresa y reformularon el área de diseño. Actualmente, los socios de la cooperativa son 200 trabajadores, pero el proyecto involucra a unas 400 personas que entrarán progresivamente en los próximos cuatro años. Cuando comience el trabajo, las primeras acciones se dirigirán a desarrollar la estrategia comercial, para recuperar viejos clientes y buscar nuevos mercados. La planta comenzó a producir a partir del 1º de marzo y en el primer mes de funcionamiento realizó la terminación de 3.200 metros de tela para un cliente de Montevideo, parte de un pedido de un total de 10.000 metros. Además, elaboró 12.000 kilos de hilados, lo cual indica que se está retomando la fabricación de un producto que desde hace 15 años no se fabricaba. La capacidad productiva, en los tiempos de la ex Paylana, era de 500 a 600 mil metros de tela mensuales.
Ahora, los trabajadores esperan superar esos números incorporando más tecnología. La empresa, que se dedica fundamentalmente a la producción de telas, proyecta desarrollar el hilado de bonetería, una especialidad que refiere a la lana de uso doméstico y que es especialmente codiciada por los mercados regionales, especialmente Argentina, Brasil, Colombia, México, Perú y Venezuela, a donde la unidad de negocios de la nueva cooperativa volcará sus fuerzas.
Un logro principal que destaca Gastón Fleitas, integrante del directorio de la cooperativa, fue reordenar y ampliar el mapa de lo posible de las luchas obreras y sociales. Con la reapertura de la textil, que se suma a un proceso creciente en el país, la ocupación y recuperación definitiva de empresas, tanto como la creación de cooperativas de trabajo, forma parte del repertorio de acciones ante posibles incumplimientos o cierres provocados por las patronales. No es un dato menor. Si bien en décadas pasadas, como la del ’60 o ’70, las ocupaciones fueron una herramienta de lucha recurrente de los obreros, éstas eran más bien comprendidas como medidas transitorias, especie de huelgas radicalizadas, que finalizaban cuando se reconocían los reclamos. Hay otro logro palpable: la capacidad de aprendizaje que han demostrado los trabajadores en lo que atañe a la gestión de las empresas. “Estamos transitando un período de capacitación para la autogestión con la ayuda del Instituto Nacional del Cooperativismo y la Federación de Cooperativas de la Producción, tanto en materia de gerenciamiento como en las diferentes actividades. No es un cambio de trabajo, es un cambio de mentalidad cultural”, destaca, como demostrando que, mientras haya voluntad y capacidad de cooperación, los obreros no requieren de jefes ni de representantes iluminados que transmitan un saber desde una verticalidad.
Las empresas recuperadas y cooperativas constituyen una realidad que llegó para quedarse en Uruguay. Cerca de treinta emprendimientos recuperados y más de seiscientas cooperativas de trabajo dan cuenta de ello. La economía social trepa al 2,5 por ciento del producto interno bruto, un número más bajo que el promedio de los países de la región, pero significativamente más alto que en años anteriores. Nacidas de la desobediencia al desempleo, lejos de ser un elemento del pasado, estas experiencias son una realidad vigente. Y la imagen icónica del país que viene: ellas mostraron, con dramática nitidez, el desarme de los núcleos tradicionales del trabajo. Pero también, y sobre todo, son fuente de experimentación social –y de inspiración global– para llevar adelante prácticas de autogestión y de trabajo sin patrón. “Ya hay algunos que quieren conocer nuestra experiencia, y nosotros queremos hacérsela llegar a otros. Queremos predicar con el ejemplo y ojalá sea posible”, dice Valiente. Y hace honor a su apellido.
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